Maktub me ha incitado a esforzarme para retomar el zapato de cristal. Estuve meses encerrada en mí misma. Después de Humbert, el barman, aquel que me cruzaba por los pasillos del trabajo que resultó ser ligeramente sado, otro pequeño hombrecillo en plena crisis de los cuarenta… clavos que no pudieron acabar con Humbert. Insolentes, engreídos, inmaduros… Estuve cerrada, en.cerrada.
Estuve cerrada, especialmente, después de Humbert. No me servía este desahogo. Ningún desahogo. No salía nada. No quería contar más de lo mismo.
Pero hoy voy a contar más de lo mismo. Ahora tengo otro trabajo, otro piso, otra vida. Y han surgido un ingeniero en pijama y un pseudo.gay casado, a los cuales voy a dejar por el momento al margen -tal vez más adelante merezca la pena hablar de ellos-, y el niño de la bicicleta.
El niño de la bicicleta, al que presumí no hace mucho en una esquina de su antiguo barrio. No era él. Pero podría haberlo sido. Quizás lo intuí, porque iba a volver. O quizás, simplemente, es que siempre estuvo ahí. En mi cabeza, quiero decir. Pese a Humbert y todos los demás fiascos. Fue amor platónico y vértice de un triángulo. Aquella vez no era para mí. Y lo asumí con alarmante deportividad. No luché, me mantuve al margen. Y desapareció cuando nos despedimos al lado de un semáforo. Que te vaya bien. Dos besos.
Se me ha aparecido años después de aquel semáforo. Apoyado en una barra de bar. Igual que antes, pero increíblemente distinto. Será la madurez, o que se corta el pelo menos. Me quedé en estado de shock. Shock. Tal estado de shock, que no fui capaz de acercarme. Y se acercó él y sólo alcancé a decirle me he quedado en estado de shock.
Se ha inmiscuido en mi vida, ha venido a buscarme. Y considerando que nunca salió de mi cabeza, que siempre estuvo en alguna recóndita esquina de mi memoria, ahora revolotea a sus anchas.
Ha vuelto.
¿He vuelto?
El niño de la bicicleta ha vuelto. Tenemos pendiente emborracharnos. Y esta vez, no sé cuánto voy a luchar, pero voy a avalanzarme sobre él en cuanto baje la guardia.