Lo peor no es enamorarse de alguien con quien no puedes estar. Sino asimilar un día, cuando eres capaz de ver más allá de tus absurdos sentimientos, que todo era mentira. Bendita lucidez. Lo peor es asimilar que todo aquello que dijo mientras se abrochaba la camisa, eso de “siempre estaré aquí”, “te tengo mucho aprecio” y “eres una bellísima persona” no era más que una mezcla de compasión ante alguien que llora, inherente a su naturaleza humana, y su astuta habilidad de negociación, inherente a su condición de abogado. Para salir del paso y, al mismo tiempo, quedar bien.
Lo peor es asimilar que ni siquiera le importa. No sólo que sus sentimientos nunca han sido, ni por asomo, los mismos que los tuyos. Sino que ni siquiera le importa. Eras un polvo. Entérate de una vez, niñata. Eras la cándida y joven alumna que apareció como por arte de magia, rezumando detestable docilidad e inocencia, en el epicentro de su crisis de los cuarenta. Y sólo fuiste la alumna con la que follaba, mientras te dejaste, para paliar los estragos de su crisis de los cuarenta, para inflar su magnífico ego de perfecto capullo, para demostrarse a sí mismo que aún es aceptable su rendimiento sexual. Sólo fuiste la tía con la que follaba mientras te dejaste. Y ahora que no te dejas, no eres nada. Y duele, ¿verdad? Duele porque, como ya te dijo Audrey, tú no sabes jugar. No eres de las que tienen aventuras con tíos casados sólo por el morbo. Detrás del erotismo, para ti existía algo más. Algo que él no te ofreció y que decías no esperar pero que el germen de tanto Disney en tu infancia hizo que llegaras a pensar. Y duele.
Y a él no le importa. Te dijo que seríais amigos, más allá del sexo, y era mentira. Nunca habéis sido amigos y nunca lo seréis porque no existe nada en común. Nada.